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sábado, 30 de enero de 2016

hora

es la hora de las brujas
las que danzan sobre mí
desaparezco tras mi creación
estado impecable
para ser
a esta hora
cuando todo es solo
cuando el aullido suena mudo
y la risa es un girasol al caer la luz
derraman mis palabras 
-las que no son mías-
su esencia
fuera de mí
contando semillas
trivialidades
escalones
gotas frías
y fuego azul
desarmo mi cuerpo
para guardarlo
en aquel rincón
triangular
y mi pelo vuelve amorfas
mis ideas
es la hora de las brujas
las que danzan sobre mí
años luz de recorrido
milenios de repetición
un hombre dormido
una mujer esperando sin esperar
que llegue lo que nunca se fue
que aparezca de repente
tan callada 
resonante
terminal y creadora
el alma
con su verdad



lunes, 18 de enero de 2016

uno

Los colores no existen por separado. No puede haber sólo blanco, sólo negro.
Y por lo tanto, tampoco puede haber sólo blanco Y negro.
Todo es UNO. Hay una unidad detrás de todo. O subyacente, o envolviendo todo.
El silencio y la palabra, tampoco existen. Son sólo ocasiones con que se pintan los movimientos de ese todo.
Palabra y silencio son UNO. Por eso tampoco elegimos a nuestro antojo cómo y cuándo utilizarlos.
A veces sucede que un grupo de palabras torpes equivale a un silencio que se nos escapa. Y a veces a la inversa, un silencio espeso y obstinado es un cúmulo de palabras que tienen miedo de ser.
(Como si algo pudiera dejar de SER, solo por tener miedo…)
Escuchando en silencio aparece el sonido. Y creando sonido damos lugar al silencio.
Mirar a los ojos es hablar. Con o sin palabras que lo acompañen. Y por eso da miedo. Vértigo de conocer lo que hay detrás de los ojos del otro. Vértigo de saberlo. De tener que hacernos cargo de que lo sabemos. De darnos cuenta de que no sabemos qué hay detrás. Y en el fondo de que tampoco podemos saberlo.
Ir y venir. Entre palabra y silencio. Entre silencio y palabra.
Y sobre todo, aprender el camino. Y al conocerlo, reformularlo. Infinitamente.