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LA PRESENCIA DE LOS NIÑOS - Lunes 27 de Febrero de 2012

27-02-2012 Bienvenido a casa, roble / Welcome home, oak tree
¿Cómo vemos nosotros los adultos a los niños? 
Quiero decir: ¿qué son para nosotros los niños? ¿Dónde los situamos dentro de nuestro panorama de visión?

Suelo creer que los "vemos" desde afuera. Que los observamos como gente diferente a nosotros; tienen cierta... particularidad, que los hace distintos. Y que los transforma en algo que tenemos que "manejar".

Sé que este tipo de expresiones puede resultar algo impactante. Pero son formas algo más brutales de decir lo que muchos sienten.

Los niños conllevan para los adultos principalmente responsabilidad. Sí, sí sí... es lo primero que representan para muchos.
Y no solamente para los padres de los niños... cuando hay chicos alrededor, los adultos intentamos ubicarlos dentro de nuestra mente en algún lugar que no se "mezcle" con el resto de la gente y de las actividades. Preferimos que sean satélites de todo lo que sucede, y que tengan sus propios lugares, momentos, actividades y juegos...

Una buena parte de este sentimiento es legítimo, realista y hasta sano. Los niños tienen que jugar principalmente con niños y tener su propio mundo, separado del de los adultos y a la inversa también. Eso está muy bien y nos hace bien a todos.

Pero lograr eso, y a veces hasta el exceso, en la gran ciudad demanda mucho tiempo, trabajo y hasta dinero.
La ciudad nos plantea organización y nos demanda cumplimiento. Nos pide horarios, nos exige correr y llegar. Disculparnos, enmendar, volver a llegar tarde para volver a empezar el ciclo.
Para poder tener a los chicos "ocupados" y tranquilos, vamos armando toda una agenda infantil que corre a la par de la nuestra, insertándose, acoplándose y a veces mezclándose en forma indeseada.

En nuestras reuniones y fiestas, tenemos que adaptar todo a la presencia de los niños: muebles, luces, horarios, comidas y hasta música.
En nuestras cotidianeidades, todo se ve alterado en función de los horarios de los pequeños y de sus necesidades: horarios de acostarse y despertarse, comer y bañarse, ir al colegio o a las clases particulares, la plaza y las citas de juego... y luego estamos nosotros. Nos acomodamos como podemos...

Existe todo tipo de actividades en las que enrolar a nuestros niños: cursos, clases, jardín de infantes, maternal, colegio, doble turno, parques, funciones de circo, grupos de juego y hasta restaurantes para niños.

Claro, imagínense que cuando salimos a comer con amigos, aunque estos también tengan hijos (porque esta pasa a ser casi la única forma de salir con amigos una vez que se es padre de niños pequeños), tenemos que organizar toda una parafernalia para poder al menos tener unos tres o cuatro minutos de comida ininterrumpida por llantos, mocos, corridas o vasos rotos.
Y aun así, nuestros planes se ven muchas veces frustrados por estas interrupciones o por un berrinche deseoso de consumo.

Buscamos entonces restaurantes y lugares que tengan peloteros, juegos y zonas de contención para los pequeños. Lugares que, por supuesto, nunca serán frecuentados por gente que no tenga menores a su cargo.

Entonces, también optamos por salir a "picar algo" en un bar especialmente diseñado para el esparcimiento infantil. Hasta existen lugares así: restaurantes y bares donde los protagonistas son los niños, el lugar organizado alrededor de los juegos organizados a su vez por edades... Y donde el menú se basa en un supuesto gusto infantil por la comida chatarra y rápida.

Nuestos niños no pueden esperar.
Nosotros no podemos esperar a nuestros niños.
Nuestros niños no saben jugar.
Nosotros no sabemos jugar con nuestros niños.
Nuestros niños no saben acompañarnos.
Nosotros no podemos acompañar a nuestros niños.
Ellos están ahí y nosotros acá.

Pero también es cierto que los niños son parte de nosotros... En la gran ciudad y en cualquier lado.

TEMA MUSICAL - TEACH YOUR CHILDREN - Crosby, Stills, Nash and Young

Decía entonces que viviendo en la gran ciudad nos parece a veces que los niños, nuestros hijos y los de otros, son apéndices en nuestras vidas de adultos. Son parecidos a nosotros... pero no del todo iguales. Y el puente entre los dos puntos puede ser difícil de cruzar.

Esa impresión empezó a disiparse en mí al llegar al mar y al bosque.

Aquí sucede que los niños... andan por todos lados.
Acá no hay tantos límites. No existen casi las cercas que dividen las casas. Y dentro mismo de las casas, el movimiento es constante y los pequeños están mezclados en nuestras actividades cotidianas. ¡Y a veces vienen de a grupos con sus amigos y los hermanos de los amigos y los vecinos!

En el colegio, están juntos y se ven todos los días. Los padres se hacen amigos entre ellos y se comunican a partir de las actividades escolares, en las que muchos participan.
De ahí surgen naturalmente relaciones. Y de ahí también nuevos planes que incluyen a los niños: visitas, comidas, encuentros musicales y artísticos, tardes de juegos y meriendas.

Los cumpleaños infantiles son tanto para los pequeños como para los grandes: ahí nos encontramos a charlar, nos divertimos con sus ocurrencias, organizamos juegos o simplemente los miramos jugar  lo que ellos mismos inventan.

Cuando hacemos un asado y ellos corren alrededor nuestro o bajo los árboles hasta agotarse, no estamos pensando en organizarles una actividad especial o una comida adaptada a un paladar supuestamente sub-desarrollado. Ellos comen nuestra comida y nosotros la de ellos.

Cuando nos juntamos a realizar tareas comunitarias, los niños participan activamente: desde acompañarnos y organizar correrías entre ellos en las que no entendemos nunca las reglas, hasta sumarse a las tareas manuales o artísticas, aportando su ayuda y su creatividad. O proponiendo ellos mismos  cosas para hacer y formas de hacerlas.

En todos los eventos donde pueden estar los niños presentes hay espacios y actividades pensados para ellos, pero que están directamente integradas con las nuestras. No hay cercos que los contengan o los separen, pero tampoco hay tantas prohibiciones. La extensión del lugar y su amplitud natural ayudan a generar estos espacios.

Y cuando realizamos tareas cotidianas, solos o acompañados por vecinos y amigos, siempre acomodamos una mesa extra para que los niños puedan asistir.

Así, ellos preguntan, reciben respuestas, y son escuchados.

Están rodeados por la comunidad, que es la familia alrededor de la familia.
Se multiplican los lazos, sin cuestionar si son o no de sangre.
Y las correrías y risas de los chicos nos rodean y nos confortan. Nos recuerdan día a día que todos somos niños, y que ellos tienen exactamente los mismos derechos que nosotros.
Y un poco más también.
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