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lunes, 22 de abril de 2013

La una y la otra



Sé que tus cielos se parecen entre sí
y que algunos días pintás colores,
que en lugar de buscar el sol
dejás que te encuentre
mirando las flores.

Sé que la lluvia te habla
y que poco te hastía,
no más que el gris 
con que dibujás tus días.

Sé que tu calma 
se llama cansancio,
tu cansancio duda
y tu duda soledad.

Sé que tenés deseo
ahí adormecido
contando las horas
para ver la luz,
y cerrás las ventanas
rindiéndote al sueño.

Y entonces te miro,
y entonces me miro
y ahí me pregunto
¿quién sos, dentro mío?

sábado, 6 de abril de 2013

Paseo por mí


Veo ciudad, veo calles y casas, veo bares y gente, siempre gente o no siempre.
Veo luces, del día, de la tarde y la mañana, las luces de la noche.
Veo que todas las luces pintan colores, y los colores cambian las luces.
Veo un auto que me lleva veloz, no tan rápido como para otros pero sí para mí. Baja la velocidad en mi mente, y me lleva a recorrer la ciudad. Pero pronto me canso del auto, porque no sé manejarlo. Y me bajo. Y camino.
Caminando veo un gato, y veo hojas, de árboles y de plantas. Quiero sentirme como una hoja, en el suelo, que ya cansada, de vuelta, no tiene miedo de ser pisada. Y acepta ser marrón.
Veo café, huelo café, tomo café.
Hablamos café.
Veo caminatas, imagino que camino, o camino. Camino por donde quiero, no solo por dónde me llevan mis tan terrenos pies. Camino por los lugares que imagino, saltando de uno a otro sin solución temporal de continuidad, aunque sí espacial.
Veo mis ojos leyendo y mis manos escribiendo. Escriben y escriben, tantas ideas, como cuando eran mis jóvenes manos. Y mis ojos leen, leen otras cosas, palabras, libros, de otros. Y leen mis propias palabras y se deleitan. Como entonces.
Veo mis fotos, las de mi cabeza y mis ojos y mi alma. Saco mis fotos, esas fotos que quisiera sacar, pero no están en la realidad, solo en los ojos de mi nuca y de mi melancolía.
Almaceno esas fotos, y les doy forma. Las archivo y las ordeno, para luego desordenarlas a mi gusto y releerlas. Les cambio los colores: lo que era rojo se convierte en amarillo, pero ahora en gris. Combino rojo y gris. Combino verde y violeta y me gusta. Curioso porque normalmente no me gusta combinar verde y violeta. Pero me gusta, ¿si?
Veo ramas en los árboles, y me pregunto una y mil veces más si la rama es el árbol, si el tronco es el árbol y si las hojas o las raíces son el árbol. Y vuelvo a dudar de que el árbol sea todo ello junto.
Pienso entonces en el hombre-mujer, como ser que define el cuerpo por sus partes, la persona por su cuerpo, el mundo alrededor por la persona.
Tantas partes de personas.
Veo sonidos, que normalmente son silencio. Veo el silencio, buscando tal vez un sonido que sé que no voy a encontrar.
Veo sol pero veo lluvia.
La lluvia se mete en mí, siempre. Está ahí, afuera y adentro. Como en el café L’Elephant, como todos mis recuerdos de París. Tantas veces París me atenazó la garganta, que creo que vive ahí, que siempre estuvo ahí. Incluso pienso que todo lo que vivo y viví, lo viví adentro además de afuera.
Recuerdo entonces el cuento que empezaba con “Esto parece Waterloo”, y veo un departamento con vidrios sucios, a la calle vacía y mojada, quinto piso por decir uno, con marcas imborrables de vino y café sobre la mesa, las colillas en los ceniceros, la ropa en el piso y las sábanas desordenadas sobre el colchón. Siempre el mismo departamento, podría variar el nivel de limpieza de los vidrios, o estar raramente vacíos los ceniceros. Tal vez hasta hay una cama, quién sabe. Pero siempre es el mismo departamento.
Y adentro suenan voces en el silencio. Y una música con un volumen un poco más bajo de lo que me gustaría. Hasta puedo caer en el cliché de una trompeta con sordina, por qué no, quién me lo impide.
Veo entonces agua, siempre está el agua. Como digo en la lluvia, pero también un río, los charcos, el sudor de una ventana en el invierno, mis propias lágrimas que andan su propio camino.
Agito el pelo, pero no hay viento. Soy larga como el invierno en el sur y también en el norte, a quién le importa.
Y descubro el entrechocar de los cuerpos, el sonido de la gente, los mudos, los sordos, y los ciegos. Algunos no tienen manos o piernas tal vez; pero lo que es peor, muchos no tienen siquiera piel. No pueden sentir porque no se acuerdan, o no les enseñaron. Pero no se acuerdan tampoco de que no tenían que enseñarles, que siempre pudieron saberlo. Y no sienten.
Trato de conectar, pienso que con las otras mentes. Pero finalmente me doy cuenta de que es con la mía. Mi mente ya está conectada, ahora le toca a mis sentidos, sino estará vacía. Recuerda, pero recuerda con los sentidos. E inclusive si quiere producir un pensamiento, siempre parte de los sentidos, no conoce otra manera. Entonces, ¿a qué estaba conectada?, empiezo a preguntarme. No lo estaba.
Y le doy el paso al recuerdo, tan maltratado, tanto desprecio que ha tenido.
Entra, camina, se expande. Y lo bienvengo.
Camino con él, y me voy hacia el presente. Pasado y futuro finalmente un lugar.
Y entro.

Buenos Aires
Miércoles 14 de Julio de 2004